La tecnología ha transformado radicalmente la forma en que accedemos a la información. Lo que antes requería largas jornadas en bibliotecas ahora se resuelve en segundos mediante buscadores o solicitudes a inteligencia artificial. Esta velocidad ha generado no solo impaciencia, sino un problema más profundo y preocupante: el predominio de la utilidad por encima de todo en la educación. Los estudiantes de las generaciones Z y Alfa cada vez cuestionan menos el valor intrínseco del conocimiento y más su aplicabilidad inmediata. La pregunta que resurge constantemente en las aulas es: ¿para qué me sirve esto en la vida? Esta mentalidad ha debilitado una idea fundamental que durante décadas guió el pensamiento educativo: que la educación es un fin en sí misma, no solo un medio para obtener beneficios económicos o profesionales. Las universidades enfrentan un desafío mayor que nunca: combatir la falta de curiosidad intelectual genuina. Paradójicamente, vivimos en la época con mayor acceso a información en la historia de la humanidad, pero el conocimiento nunca ha valido menos. La teoría económica explica este fenómeno: cuando un recurso deja de ser escaso, pierde su valor. El saber está más disponible que nunca y, por tanto, su importancia ha disminuido en la percepción colectiva. La realidad es que muchas disciplinas nunca tendrán aplicación práctica inmediata en la vida de quienes las estudian. Un alumno puede aprender sobre estructuras atómicas sin utilizarlas profesionalmente. Otro calculará áreas de polígonos solo durante la primaria. Algunos dominarán idiomas que sus hijos jamás escucharán. Sin embargo, eso no disminuye el valor de estos aprendizajes ni el fortalecimiento mental que producen. El conocimiento es lo que permite la transmisión de ideas entre generaciones, un proceso fundamental para mantener viva la humanidad. Las propias universidades han contribuido a este problema al promocionarse basándose en el retorno de inversión y cediendo ante la presión de atraer estudiantes mediante promesas de utilidad económica. Hoy se requiere valentía para apostar por el conocimiento como objetivo principal, sin garantías de popularidad ni masificación, confiando en que el verdadero valor educativo prevalecerá a largo plazo.
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