Quibdó, Chocó. El lunes 10 de agosto a las 7:35 am, un terremoto de 7.4 grados dejó sin hogar a Luz Yaciris Córdoba en el barrio El Reposo, al norte de la ciudad. La mitad de su vivienda colapsó mientras ella se levantaba de la cama. Con su esposo trabajando fuera de la ciudad, la mujer de 32 años perdió su casa en cuestión de segundos y se trasladó nuevamente a la casa de su madre. Sin embargo, en lugar de paralizar su vida por la tragedia, al día siguiente se inscribió como trabajadora social voluntaria en la alcaldía municipal. Según registros de la Gobernación de Chocó, el sismo ha dejado más de 19,000 damnificados y 93,000 personas afectadas en toda la región. Desde ese momento, Luz camina junto a otros profesionales jóvenes por las calles de la capital chocoana para documentar los daños estructurales y evaluar el estado de salud emocional de las víctimas. Su equipo incluye a Deimer Rivas, arquitecto de 27 años, y José Diego Moreno, estudiante de último semestre de Ingeniería Civil que también perdió su apartamento del tercer piso por considerarlo inhabitable. Los tres recorren viviendas sin pavimento ni servicios básicos, llevando formularios para registrar información sobre el estado de salud de las familias, impactos económicos y necesidades psicológicas. Mientras Moreno revisa grietas en las paredes con la linterna de su celular, Córdoba dialoga con los residentes preguntando si han podido dormir, si requieren atención médica o apoyo psicológico. A pesar de la devastación personal que cada voluntario experimenta, guardan silencio sobre sus propias pérdidas. La región históricamente marginada ubicada al occidente de Colombia se levanta a través de la solidaridad comunitaria y la determinación de sus propias víctimas, quienes enfrentan el desafío adicional de convencer a sus vecinos a abandonar casas potencialmente peligrosas cuando no tienen adónde ir.
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