Hace dos décadas, México dominaba la producción petrolera en América Latina. En 2004, Petróleos Mexicanos extraía 3.38 millones de barriles diarios, mientras que Petróleos Brasileiros apenas llegaba a 1.57 millones. Hoy, a mediados de 2026, esta realidad se ha invertido completamente. Petrobras produce ahora 3.2 millones de barriles diarios equivalentes, superando ampliamente a Pemex, que apenas alcanza 1.65 millones por día. Esta transformación obedece tanto a razones geológicas como administrativas. El colapso del campo Cantarell, que alguna vez generaba 2 millones de barriles diarios y hoy produce menos de 113,000, marca el punto de quiebre para la petrolera mexicana sin que existiera alternativa que compensara esta pérdida. La empresa brasileña, por su parte, apostó por la exploración en aguas profundas, de donde extrae más del 90 por ciento de su producción, y realizó emisiones de acciones que financiaron su expansión estratégica. Las consecuencias financieras son dramáticas. Pemex reportó pérdidas de 780,000 millones de pesos durante 2024 y de 45,202 millones en 2025, mientras recibe transferencias gubernamentales de 19,000 millones de pesos mensuales en 2026. Este apoyo permanente amenaza la calificación de la deuda soberana de México, según advirtieron las agencias especializadas. En contraste, Petrobras generó ganancias de 6,300 millones de dólares en 2024 y 19,600 millones en 2025, posicionándose como la mayor empresa energética latinoamericana. La diferencia estructural es fundamental. Pemex permanece como propiedad estatal al cien por ciento, financiándose mediante endeudamiento. Su pasivo financiero alcanza 79,000 millones de dólares y sus deudas con proveedores rondan los 375,000 millones de pesos. Petrobras, aunque el Estado brasileño posee 36.61 por ciento, colocó acciones en bolsa desde el año 2000 y realizó una emisión masiva de 70,000 millones de dólares en 2010. El resto de sus acciones pertenecen a inversionistas minoritarios y fondos de pensiones. Además, Petrobras opera en ocho países incluyendo Angola y Estados Unidos, con un plan de inversiones 2021-2030 de 415,000 millones de dólares. Ambas empresas proclaman el nacionalismo energético, pero lo ejecutan de manera radicalmente diferente, con resultados que hablan por sí solos.
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