Clásicos de la literatura mundial como Ojos azules y Beloved de Toni Morrison, El cuento de la criada de Margaret Atwood, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y Jane Eyre de Charlotte Brónte figuran entre miles de títulos vetados en instituciones educativas estadounidenses. A estas obras se suman novelas y memorias dirigidas a lectores jóvenes que abordan cuestiones sensibles como el racismo, la identidad de género, la sexualidad y experiencias de duelo, siendo retirados de bibliotecas y aulas bajo presión de grupos conservadores y decisiones administrativas que temen sanciones legales estatales. Organizaciones como PenAmerica, la Asociación de Bibliotecarios de Estados Unidos y Freedom Forum documentan que esta práctica no constituye un fenómeno reciente. Durante el siglo XX, autoridades federales y estatales prohibieron obras como Trópico de Cáncer de Henry Miller durante los años sesenta, el Ulises de James Joyce entre 1920 y 1933, El guardián entre el centeno de J.D. Salinger en múltiples ocasiones, Sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou en los ochenta y noventa, y El mercader de Venecia de Shakespeare en 1931 y 1980. Los argumentos para estas censuras variaron considerablemente: mientras algunas obras fueron atacadas por contenido sexual explícito, otras fueron condenadas por considerarse influencias negativas para la juventud o por sus perspectivas sobre razas y conflictos sociales. El caso de Alabama en 1983 ejemplifica este sesgo: el poema de Angelou fue prohibido por supuestamente promover amargura hacia personas blancas. Lo que distingue la situación actual, advierten los defensores de la libertad de expresión, es la intensificación de censuras desde 2021 dirigidas específicamente a estudiantes de primaria y secundaria, sin consideración de grupos etarios y marginando la participación docente en decisiones sobre contenidos curriculares.
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