Las decisiones sobre packaging han trascendido su rol operativo para posicionarse como un elemento estratégico dentro de los marcos ESG corporativos, impactando directamente en sostenibilidad, rentabilidad, conformidad normativa, operaciones y percepción pública. Según Ignacio Parada, CEO y fundador de Bioelements, las organizaciones requieren analizar el empaque desde una visión holística, considerando que las nuevas normativas ambientales pueden alterar gastos, procedimientos manufactureros y oportunidades de ingreso en diferentes territorios. La dimensión ambiental cobra relevancia por la magnitud de desechos que produce esta industria. A nivel mundial, aproximadamente el 36 por ciento del plástico fabricado se destina a empaques, y conforme al PNUMA, alrededor del 85 por ciento de estos envases plásticos desechables acaba en vertederos o se gestiona inadecuadamente. Esta realidad empuja a las organizaciones hacia modelos circulares donde el diseño de empaque integra consideraciones sobre materiales, procesos productivos, logística, recuperación, reciclabilidad y destino final. La aproximación contemporánea trasciende la simple reducción de plástico para abarcar la cuantificación del impacto en toda la trayectoria del producto. El panorama regulatorio constituye un desafío adicional. En Latinoamérica, cada país implementa marcos distintos. México avanza con responsabilidad extendida del fabricante; Colombia elimina gradualmente veintiuno de los plásticos de un solo uso; mientras que Chile y Brasil fijan objetivos progresivos de recolección y contenido reciclado. Para corporaciones con presencia multinacional regional, estas disparidades generan costos de adaptación más elevados. Un material permitido en una jurisdicción puede demandar reformulaciones o validaciones adicionales en otra, ocasionando existencias inutilizables, cambios de fuentes, modificaciones de diseño, retrasos comerciales y gastos de homologación. Parada subrayó que el riesgo económico del empaque supera el costo de adquisición del material. Las corporaciones deben contemplar adaptaciones en equipos, tasas de rechazo, gastos en traslado, trámites de certificación, disponibilidad local, tratamiento de desechos y posibles gravámenes sobre ciertos materiales. Colombia ejemplifica este escenario. Determinados plásticos desechables tributan un gravamen proporcional a su peso. En contextos de producción masiva, este gravamen puede reorientar estrategias de compra y transformar el diseño del envase en una variable económica relevante. Desde una perspectiva ESG, es necesario evitar opciones fundamentadas únicamente en promociones de sustentabilidad. Un material biodegradable debe cumplir requisitos técnicos y legales específicos. De igual forma, una opción aparentemente más ecológica puede incrementar emisiones y costos de transporte si demanda mayor volumen para su distribución. Por consiguiente, el manejo debe incorporar métricas de riesgo y rendimiento, incluyendo porcentaje del catálogo expuesto a transformaciones legales, gasto potencial en cambio de materiales, validez de autorizaciones y volúmenes de stock vulnerable a modificaciones.
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