La costumbre de evaluar el desempeño laboral a través de la permanencia física en las oficinas ha prevalecido durante décadas, especialmente en sectores como el legal donde, desde hace más de una década, se cuestionaba el compromiso de quienes se retiraban temprano sin importar su productividad real. Sin embargo, la llegada de la inteligencia artificial está exponiendo una brecha fundamental: la presencia no equivale necesariamente a producción. La IA puede ejecutar en minutos tareas que anteriormente consumían horas de trabajo humano, desde análisis de información hasta redacción de documentos y procesamiento de grandes volúmenes de datos. No obstante, los estudios de la Organización Internacional del Trabajo revelan que estas ganancias de productividad derivadas de la tecnología son reales pero desiguales, sin reflejarse uniformemente en el rendimiento empresarial general. El desafío radica en que la tecnología por sí sola no transforma organizaciones. Muchas empresas integran inteligencia artificial mientras mantienen procesos innecesarios, convierten horas ahorradas en más reuniones o invierten tiempo en revisiones que no generan valor. Esta situación refleja un fenómeno de tecnología contemporánea operando bajo hábitos laborales obsoletos. Con estas transformaciones tecnológicas en marcha, emerge una pregunta crucial: cómo reconfigurarán las compañías sus métodos para medir el trabajo y la productividad. La asociación histórica entre presencialismo y desempeño podría estar llegando a su fin, obligando a redefinir qué significa realmente ser productivo en el contexto laboral moderno.
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