La crisis de agua en las zonas periurbanas de Jalisco tiene un rostro concreto: comunidades que crecieron más rápido que la infraestructura que debía abastecerlas. Cofradía de la Luz, en Tlajomulco, fue durante años un ejemplo de este desfase.
El agua llegaba en pipas, de forma irregular y a un costo que golpeaba la economía familiar. Los huertos dependían de la lluvia. La actividad ganadera de pequeña escala vivía condicionada por el abasto. La falta de agua no era una molestia: era un techo que limitaba cualquier posibilidad de desarrollo.
El problema es estructural y regional. La mancha urbana de Guadalajara se expandió hacia municipios como Tlajomulco sin que la infraestructura hídrica siguiera el mismo ritmo. Las comunidades más alejadas quedaron en un vacío: demasiado pobladas para ser rurales, demasiado periféricas para recibir servicios urbanos.
En Cofradía, la solución llegó por una vía distinta a la habitual. Laboratorios PISA financió la construcción de un pozo de agua que resolvió el acceso de raíz. No fue un paliativo temporal, sino infraestructura permanente con capacidad de extracción sostenible.
Lo relevante del caso, desde la óptica del problema estructural, es que la solución se integró al sistema público. El municipio equipó el pozo y lo sumó a su red de distribución. La respuesta privada no creó un enclave aislado: fortaleció la infraestructura hídrica del territorio.
La crisis de agua en la periferia de Guadalajara sigue abierta como fenómeno regional. Pero Cofradía muestra que hay modelos capaces de cerrar la brecha, y que la articulación entre inversión privada y gestión pública puede resolver lo que ninguno de los dos actores lograría por separado.