A diez años del referendo que sacudió a Reino Unido, los resultados de esa ruptura ofrecen lecciones que Estados Unidos parece ignorar. Lo que comenzó como una campaña de propaganda partidista en 2016 terminó transformando la realidad política británica de manera irreversible. La combinación de ciudadanos desenganchados del proceso electoral y votantes antisistema que sí acudieron a las urnas el 23 de junio de 2016, generó un resultado que cambió el destino de una nación. Quienes votaban por el Brexit prometían frenar la inmigración y negociar acuerdos bilaterales desde una posición de fortaleza. Sin embargo, una década después, esas promesas se disolvieron en el aire. Reino Unido no ganó libertad sino irrelevancia política y económico. El colapso de las cadenas de suministro integradas con Europa continental dejó tras de sí una burocracia aduanera sofocante, reducción de inversiones y estancamiento del crecimiento. El paradójico resultado fue el opuesto al promesa original: la inmigración se incrementó históricamente, aunque ahora proviene de naciones fuera de la Unión Europea. Los británicos rechazaban trabajadores comunitarios pero tampoco estaban dispuestos a realizar esos empleos. Además, el Reino Unido perdió su voz en las decisiones europeas pero debe seguir cumpliendo sus reglas como requisito de supervivencia comercial. Hoy Estados Unidos muestra signos alarmantes de seguir la misma trayectoria. La retórica proteccionista estadounidense y las amenazas de ruptura con el T-MEC replican el guion populista de los Brexiteers: responsabilizar al libre comercio de problemas estructurales internos, demonizar la inmigración y promulgar el retorno de una era manufacturera idealizada. Washington promete que los aranceles y muros traerán de vuelta empleos industriales, pero la experiencia británica demuestra que esta narrativa es falsa. Los muros arancelarios no generan puestos de trabajo: generan escasez de insumos y mano de obra. Un quiebre con América del Norte resultaría en un suicidio logístico para la industria automotriz estadounidense y devastaría las cadenas agroalimentarias. Aunque la Casa Blanca cuestiona el perfil del régimen mexicano actual, más allá de los desencuentros políticos, tres décadas de realidad económica han demostrado la viabilidad de esta alianza regional.
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